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Epístola a los Romanos

Pablo escribiendo

Datos básicos
Autor Pablo de Tarso
Fecha Entre 56-58
Lugar Corinto
Idioma Griego koine
Abreviatura Rom
Números
Capítulos 16
Nombre
Más datos
Testamento Nuevo Testamento
Sección Epístolas
'Número de libro 5

La Epístola a los Romanos, abreviada como Romanos, es una carta del San Pablo y el sexto libro del Nuevo Testamento de la Biblia.

Autor

El escriba fue posiblemente Tercio (16:22); cuando se escribió la carta, Pablo aún no había estado en Roma (1:13).[1]

El contenido de la epístola muestra que el autor ha adquirido una madura experiencia de apostolado. Pablo piensa que su tarea en el este ha concluido prácticamente; predicó la fe hasta los confines de Illiricum, probablemente en los límites de la provincia. El momento de su redacción está, pues, perfectamente determinado; la epístola se escribió al final del tercer viaje misionero, que hizo volver al apóstol desde Éfeso hasta Corinto. La mención de Febe y los saludos de parte de Cayo verosímilmente bautizado por Pablo mismo nos lleva a Corinto, donde se escribió la epístola un poco antes de que Pablo saliera para Macedonia. Su redacción en el puesto de Cencrea sería posible sólo si se supone que había estado allí algún tiempo. La epístola es demasiado compleja y supone un trabajo intelectual demasiado elaborado como para suponer que fuera redactada en un lugar de paso.[2]

Fecha

Fue probablemente escrita en Corinto al principio del año 56-58. Febe de Cencrea (16:1) la llevó a Roma en mano como era habitual en aquellos tiempos, en el último capítulo se menciona las recomendaciones a esta mujer. Pablo fue a Roma 3 años después.[1]

El año de redacción puede solamente ser conjeturado aproximadamente. De acuerdo con Hechos 24:27, la prisión de San Pablo en Cesárea duró dos años completos hasta la liberación por parte del procurador Félix. El año de este cambio se sitúa entre el 58 y el 61. Como muy pronto el 58, porque Félix llevaba muchos año en el cargo cuando Pablo llegó prisionero (Hch 24:10); Félix llegó a penas a Judea antes del 52 y menos de cuatro o cinco años no se pueden calificar de muchos. Como muy pronto el 61, aunque esta fecha es improbable, puesto que Festo, el sucesor de Félix, murió en el 62 después de una administración accidentada.

Por consiguiente,la llegada de San Pablo a Jerusalén y la redacción de la epístola a los romanos, que sucedió unos meses antes, debe situarse en los años 56-59 o, mejor, en los 57-58. La cronología de la actividad misionera de San Pablo no excluye los años 56-57, puesto que el apóstol empezó su tercer viaje de misión tan pronto como el 52-53.[2]

Objetivo

El objetivo del apóstol al escribir a esta iglesia fue explicar las doctrinas del evangelio y la epístola es una exposición sistemática de la aplicación universal del evangelio, asimismo, el Apóstol intenta motivar a la iglesia de Roma a apoyar su posible viaje de misión a España.

Es una carta con gran apoyo en las escrituras hebreas, las cuales cita frecuentemente. Evidentemente la congregación de Roma estaba compuesta por gentiles y judíos, si bien Pablo no había estado en Roma seguramente recibió información de la congregación por dos colaboradores Priscila y Aquila, al ver los saludos del capítulo 16 se nota que conocía a varios de los cristianos que se congregaban allí.[1]

Contenido

La parte principal de la epístola a los romanos es una discusión teológica con toda evidencia. Sería, sin embargo, inexacto considerarla como una epístola literaria en vez de como una carta. Debe ser considerada como una comunicación personal a una comunidad especial y, al igual de la enviada a los corintios o la de los gálatas, tenemos que entenderla de acuerdo con la posición concreta y con las circunstancias de la comunidad a la que va dirigida.

Lo que dice el apóstol, lo dice con respecto a sus lectores de la comunidad romana y a sus relaciones con ellos. El lenguaje y el estilo revelan al autor de las epístolas a los gálatas y a los corintios. Su acuerdo enfático con estos últimos en el contenido de la epístola es inconfundible. Sin embargo, la diferencia de su auditorio y con las circunstancias da a cada una de las epístolas una marca distintiva. La epístola a los gálatas es una obra polémica, y está redactada con un espíritu polémico con el objetivo de advertir la llegada de un mal inminente; la de los romanos está escrita en un tiempo de paz y serenidad y está dirigida a una iglesia con la que el autor desea entablar una relación más íntima. Así es que en esta última nos faltan los detalles sobre experiencias anteriores de las que la primera epístola abunda.

No es que la de los romanos sea un puro tratado teológico abstracto; incluso aquí se mete San Pablo en el tema con su personalidad vigorosa, se planta ante su oponente y discute con él. Se ve aquí esta característica del apóstol. Aquí surgen la dureza y aspereza de lenguaje y de la expresión que se observan en otras epístolas. Lo que por cierto no impide poner de manifiesto un plan de pensamiento perfectamente elaborado, que a menudo se extiende desde los detalles más nimios hasta magníficas disposiciones de la expresión. Podemos recordar el exordio al que corresponde la gran doxología conclusiva en el pensamiento y hasta cierto punto en el lenguaje, mientras que las dos secciones de la primera parte tratan apropiadamente con palabras impresionantes de la certeza de la salvación y de la providencia y sabiduría de Dios.

El autor mismo nos da la ocasión externa e inmediata de la composición de la epístola; él deseaba anunciar su llegada a la comunidad y prepararla para este acontecimiento. Sin embargo él no nos dice cual es el objetivo real de este trabajo tan completo y la necesidad de una epístola teológica. La suposición de que San Pablo deseaba dar a los romanos una prueba de sus talentos intelectuales se ha descartado por su frivolidad. Así es que debemos concluir que la razón de la epístola debe ser buscada en las condiciones de la comunidad romana.

Los primeros intérpretes y un gran número de exégetas posteriores ven la ocasión de la epístola en el conflicto acerca de las ideas judaizantes, unos suponen un conflicto entre los cristianos de origen judío y gentil; mientras que otros suponen la existencia de errores típicamente judíos o por lo menos de franco anti-paulismo. Este punto de vista no se acuerda con el carácter de la epístola: el autor no hace mención de ningún error ni división en la Iglesia, ni hay tampoco ninguna diferencia de opinión entre la concepción fundamental del cristianismo entre Pablo y los romanos.

La polémicas de la epístola están dirigidas contra los judíos incrédulos y no contra los judíos cristianos. Es verdad, empero, que existen ciertos contrastes en la comunidad: se habla del fuerte y del débil; de los que habían llegado a una comprensión completa de la libertad cristiana en contraste con los que ponían mayormente de relieve un ejercicio de prácticas externas sin haber llegado a gozar de la libertad plena. Estos contrastes están tan poco basados en la Ley y en una falsa dogmática como los débiles de la epístola a los corintios. De otro modo, Pablo no los habría tratado con el lenguaje suave que emplea con ellos y con los fuertes.

Siempre hay peligro de error en los juicios y, de hecho, se cometieron algunos errores. Las divisiones podían establecerse según la naturaleza del error; el apóstol no nos dice en qué sentido, pero los problemas de los corintios y de los gálatas nos lo indican suficientemente. Y aunque Pablo carece de motivos para anticipar gruesos errores judíos, le basta saber que las divisiones destruyen la unidad del grupo, vuelven su labor más ardua, hacen la cooperación con Roma imposible y desmedran la comunidad misma. Así que desea enviar antes de su llegada una exhortación y hace todo lo que está en su poder para disipar la idea equivocada de que él está contra Israel y la Ley.

El que hubiera buenas razones para estos temores estaba basado en su previa experiencia en Jerusalén durante su última visita. De esta doble consideración se deduce el objeto de la carta a los romanos. La exhortaciones a la caridad y a la unidad tienen el mismo propósito que las que dirigió a los débiles y los fuertes. En ambos casos hay una referencia vigorosa al fundamento único de la fe, la llamada gratuita a la gracia, a la que el hombre puede solamente responder con una fe firme y humilde manifestada en la caridad, y también con una exhortación a la unidad de la fe y la caridad, explícita pero no forzada. Para Pablo estas consideraciones eran el mejor medio para asegurarse la confianza de la comunidad entera y su asistencia en las actividades futuras.

Los pensamientos expresados aquí son los que siempre le guiaron, y se puede ver fácilmente como se le vinieron espontáneamente al espíritu en el momento en que decidió buscar un nuevo campo de actividad tan amplio hacia el oeste. Corresponden a su deseo de asegurarse la cooperación de la comunidad romana especialmente con el estado y las necesidades de la Iglesia. Eran el mejor regalo intelectual que el apóstol podía ofrecerles; poniendo así la Iglesia en el buen camino, creando una solidez interna, y arrojando luz sobre las dudas que habían ensombrecido ciertamente las almas de los cristianos contemplativos de cara a la actitud de incredulidad que caracterizaba el pueblo escogido.

El evangelio, en cuyo servicio se encuentra Pablo, manifiesta la potencia de Dios y realiza la justificación en todo hombre que cree en él. Esta afirmación se analiza y se prueba y luego se defiende a la luz de la historia del pueblo elegido.

  • La justificación se adquiere solamente a través de la fe en Cristo (1:18-7:39). La prueba de la necesidad de la gracia de la justificación a través de la fe es que sin fe no hay justicia y se ve observando a los paganos y a los judíos; la justicia se adquiere a través de la fe y en la redención de Cristo y por la redención de Cristo. El Espíritu Santo provee la prueba en la fe de Abraham. La grandeza y la bendición de la justificación por la fe, la reconciliación con Dios a través de Cristo, con una esperanza de salvación eterna. Se da como ejemplo por contraste entre el pecado de Adán y sus consecuencias par toda la humanidad que no fueron redimidas por la Ley sino por los frutos sobreabundantes de la redención merecida por Cristo. La redención en Cristo, que se comunica por el bautismo, requiere la muerte al pecado y la vida en Cristo. Para que esto se cumpla, la Ley carece de fuerza, dado que por la muerte de Cristo ella perdió su obligatoriedad y, aunque santa y buena en sí misma, ella posee únicamente una fuerza educativa y no un a fuerza santificante; ella es pues impotente en el infausto combate del hombre contra su naturaleza pecaminosa. Por el contrario, la comunión con Cristo imparte la libertad con respecto al pecado y con respecto a la muerte, establece la filiación divina, y levanta al hombre por encima de la tierra elevándolo a la esperanza de la felicidad.
  • Defensa de la primera parte a partir de la historia del pueblo de Israel. La certeza consoladora de la salvación puede aparecer amenazada por el rechazo debido a la cerrazón de Israel. ¿Cómo pudo Dios olvidar sus promesas y rechazar a un pueblo tan favorecido? El apóstol se ve pues obligado a explicar la providencia de Dios. Y empieza con un examen de los hechos que proclaman el amor y la potencia de Dios hacia el pueblo escogido y sigue luego probando que la promesa de Dios no fue en vano. Dado que Dios actúa de pleno derecho cuando garantiza la gracia de acuerdo con su libre voluntad, ya que la promesa de Dios no se aplica a Israel según la carne como lo demuestra la historia antigua de este pueblo; las palabras de Dios a Moisés y su conducta hacia el faraón reivindican este derecho; la posición de Dios como Creador y Señor es la base de este derecho; la profecía explícita de Dios anunciada por los profetas, el ejercicio de este derecho hacia judíos y paganos; la actitud divina fue en cierto modo necesaria por la locura de Israel de confiar solamente en sus orígenes y en la justificación por la ley y por su negativa a la obediencia al mensaje de fe anunciado entre los judíos. En ello se revelan la sabiduría y la bondad de Dios, dado que el rechazo de Israel no es completo, un número de escogidos alcanzaron la fe; la incredulidad de Israel es la salvación del mundo pagano, y análogamente una exhortación solemne a la fidelidad; el rechazo de Israel no es irrevocable. El pueblo encontrará piedad y salvación. De ahí la recomendación hacia la sabiduría y hacia la providencia inescrutable de Dios.
  • Parte práctica:
    • Exhortación general al servicio fiel de Dios y a evitar el espíritu del mundo.
    • Llamada a la unidad y a la caridad activa y modesta, a la paz y al amor de los enemigos.
    • Obligaciones hacia los superiores: en principio y en práctica.
    • Una segunda conculcación del mandamiento del amor y una incitación a la diligencia dada la proximidad de la salvación.
    • Tolerancia y contención entre los fuertes y los débiles a causa de la importancia y del significado práctico del asunto; y como caso práctico del punto.
    • Conclusión:Justificación de la epístola con respecto a la vocación de Pablo y con respecto a las relaciones deseadas con la comunidad; recomendaciones, saludos y doxología.

La importancia teológica de la epístola a los Romanos reside en su tratamiento de del gran problema central de la justificación;otras cuestiones importantes se tratan en sus relaciones con el problema de la justificación y desde este punto de vista. En la epístola a los Gálatas Pablo defendió ya estas enseñanzas contra los ataques de los cristianos extremistas de origen judío; a diferencia de la epístola a los gálatas, la carta a los romanos no evoca la emoción de la polémica.

El análisis de la cuestión es aquí más amplio y más profundo. La doctrina fundamental que San Pablo proclama a todos aquellos que buscan la salvación es así:

En el caso de todos los hombres, la llamada a la salvación depende absolutamente de la libre decisión de Dios; ningún mérito, ninguna capacidad individual, ni siquiera la descendencia de Abraham ni la práctica de la Ley, da derecho a la gracia. Dios vigila estrechamente el reconocimiento de esta verdad; de donde se sigue el recalcar la fe y así pues se pone de relieve el acto redentor de Cristo, del que sacamos provecho los enemigos de Dios; debemos la salvación y la inalienable certeza de la salvación al poder propiciatorio y santificador de la sangre de Cristo.

Desde este punto de vista, la segunda parte describe la acción de la Divina Providencia, revelada más de una vez en el Antiguo Testamento, y que corresponde por sí sola a la grandeza y a la soberana autoridad de Dios. A partir de ahí se puede comprender la actitud irretratable de Israel;los judíos bloquearon su propio camino al considerarse dignos por sí mismos de reclamar el reino mesiánico en base a su justicia personal. A la vista de un tal espíritu, Dios estuvo obligado a abandonar a Israel a sus propias fuerzas, hasta que extienda su mano según el amor misericordioso de su Creador;entonces llegará la hora de la salvación al pueblo del pacto.

A la pregunta de cómo el hombre obtiene la salvación, San Pablo da una única respuesta: no por la naturaleza, ni por la Ley, sino por la fe e incluso por la Ley sin la Ley. Al principio mismo de la epístola, Pablo menciona el total fracaso de la naturaleza y vuelve luego repetidas veces a la misma idea subrayando siempre la insuficiencia de la Ley. Esta afirmación encontró una oposición seria entre los judíos. A menudo, la fe es para San Pablo nada más que el evangelio, es decir, la economía completa de la salvación en Cristo;muchas veces es la predicación de la fe, la proclamación de la fe o la vida de la fe. No necesita, pues, demostración que de esas concepciones se siga que la salvación viene solamente de la fe sin necesidad de la Ley.

Abraham hubo de creer la palabra de Dios, ello se supone cierto;en el caso de los cristianos se pide la misma fe. Esta fe es evidentemente el creer en la autoridad de Dios siendo una fe dogmática. La misma concepción de fe subyace en sus exhortaciones a someterse a Dios en la fe; el sometimiento presupone la convicción de la fe. La fe descrita en la epístola a los romanos es la de los otros escritos de San Pablo y, finalmente la del Nuevo Testamento en general, es, además, una fe de confianza, por ejemplo, en el caso de Abraham, cuya confianza es particularmente exaltante. Hasta aquí, esta confianza en la fidelidad de Dios de la fe dogmática excluyente es la que está basada en ella innegablemente y la que incondicionalmente la requiere.

Sin la aceptación de ciertas verdades inevitables, no hay cristianismo para San Pablo, como no deja de repetirlo en sus epístolas. Así es que la fe justificadora requiere la fe dogmática pero también la esperanza. Una vez más, nunca se la habría ocurrido a San Pablo concebir el bautismo sino como algo necesario para la salvación: le epístola ofrece, en realidad, la más segura de las garantías de que el bautismo y la fe, desde dos puntos de vista naturalmente, son análogos en sus necesidad para la justificación.

Alejarse del pecado es también necesario para la justificación. San Pablo no puede proclamar más claro la incompatibilidad del pecado y de la filiación divina. Si el cristiano debe evitar el pecado, los que buscan la salvación deben alejarse de él. Mientras que San Pablo no habla nunca en su epístola de arrepentimiento ni de contrición, estas condiciones son tan evidentes por sí mismas que no merecen una mención especial. [2]

Autenticidad

La autenticidad de esta carta está dada por los antecedentes más lejanos, que se encuentran en un viejo canon del año 170 llamado canon de Muratori. [1]

La epístola a los romanos es obra de Pablo, el apóstol de los gentiles;indiscutiblemente tiene el mismo autor que la epístola a los corintios y a los gálatas; por consiguiente, si el autor de estas últimas está probado, la de los romanos queda, del mismo modo, establecida.

La evidencia que señala al autor de la epístola a los romanos es extraordinariamente fuerte. Aunque no existe testimonio directo con respecto al autor antes de Marción e Ireneo, lo más antiguos documentos demuestran sin embargo un conocimiento de la epístola. Con cierta probabilidad, se podría incluso incluir en la lista de testimonios la primera epístola de S. Pedro: con respecto a la relación entre la carta a los romanos y la Epístola de Santiago. Clemente Romano, Ignacio de Antioquía, Policarpo y Justino nos dan ciertas informaciones precisas: Marción incluyó la carta en su canon, y los gnósticos más antiguos la conocían bien.

Igualmente convincente es la evidencia interna. Es verdad que los críticos modernos han afirmado que nunca tuvo lugar un esfuerzo serio de demostrar la autenticidad; yendo más allá incluso, declararon que la carta era una invención del siglo II. Evanson (1792) fue el primero que mantuvo este punto de vista;fue seguido por Br. Bauer (1852, 1877), y más tarde por Loman, Steck, van Manen (1891, 1903), y otros. Un punto de vista un poco menos negativo fue adoptado por Pierson-Naber, Michelsen, Völter, etc. , que consideran la epístola como el resultado de repetidas revisiones de fragmentos paulinos genuinos, por ejemplo de una epístola auténtica interpolada cinco veces y combinada finalmente con la epístola a los efesios.

Estos críticos encuentran razones para negar la autenticidad en las consideraciones siguientes: el documento que nos ocupa es un tratado teológico más que una verdadera epístola; el principio y la conclusión no se corresponden; las palabras iniciales no pueden ser determinadas con seguridad; a pesar de una cierta unidad de estilo hay trazas perceptibles de composición y de discordancia, transiciones forzadas, incisos, conexiones de ideas que revelan el trabajo de un revisor; la segunda parte (9-12) abandona el tema de la primera (la justificación por la fe) e introduce una idea completamente nueva; hay demasiadas cosas que no pueden ser escritas por S. Pablo; los textos que tratan del rechazo de Israel nos llevan a un momento justo después de la destrucción del Templo de Jerusalén; los cristianos de Roma aparecen como cristianos paulinos; la concepción de la libertad con respecto a la Ley, del pecado y la justificación, de la vida en Cristo, etc. , son signos de un desarrollo ulterior);finalmente, se encuentran en la epístola, de acuerdo con Van Manen, trazas de gnosticismo del siglo II.

Nos encontramos aquí con un ejemplo de crítica arbitraria típico de estos autores. Primero declaran falsos los escritos del siglo I y del comienzo del segundo, para después de haber destruido las fuentes, construir un cuadro puramente subjetivo del periodo y luego revisar las fuentes de acuerdo con sus conclusiones. Está bien establecido que la epístola a los romanos se escribió por lo menos antes de las últimas décadas del primer siglo incluso por razones externas solamente;por consiguiente, todas las teorías que invocan un origen posterior son falsas.

El tratamiento del problema científico-teológico de la epístola puede constituir una dificultad solamente para aquellos que carecen de familiaridad con el pensamiento de la época. Las dudas sobre la unidad de la epístola se desvanecen ante un examen cuidadoso.

La introducción está fuertemente ligada al tema; lo mismo puede decirse de la conclusión. El análisis de la epístola revela incontestablemente la coherencia de la primera y la segunda parte; desde el capítulo 9 se da una respuesta a la pregunta que se introduce por sí misma en precedencia. De hecho, Chr. Baur ve aquí el punto más importante de toda la carta. Además, la relación entre las diversas partes se menciona expresamente. El rechazo del pueblo escogido era algo clarísimo para el autor después de la experiencia constante de diez años de actividad misionera. La desigualdad y la dificultad del mensaje demuestran, al máximo, que el texto no se ha conservado perfectamente.

Todo se aclara cuando se recuerda la personalidad de San Pablo en este punto y su costumbre de dictar sus escritos. Si la epístola fuera apócrifa, las expresiones a propósito del autor y su persona serían inexplicables y enigmáticas. ¿Quien se habría atrevido a afirmar en el siglo segundo que San Pablo no había fundado la comunidad de Roma? ¿Quién se habría atrevido a afirmar que no había tenido contactos previos con ella, dado que precozmente él se convirtió en su co-fundador con San Pedro? ¿Cómo podría alguien haber tenido la idea en el siglo segundo de atribuir a San Pablo el ir a Roma sólo de paso cuando el apóstol había trabajado allá durante dos años seguidos? Los Hechos no podían haber sugerido la respuesta, dado que dicen solamente: "también tengo que ir a Roma" (19:21). El autor de los Hechos no dice nada del plan del apóstol de pasar luego a España;hace solamente mención de su testimonio en Roma al relatar la aparición nocturna del Señor a San Pablo (Hch 23:11). La llegada a Roma se cuenta con estas palabras: "y así pues fuimos a Roma" (Hch 23:14). Los Hechos acaban con la referencia a la residencia y a la actividad de Pablo en Roma, sin sugerir nada más.

Además, tendría que habérsele ocurrido al hipotético falsario mencionar también a San Pedro aunque fuera sólo en el saludo inicial o en una referencia en tanto que fundador de la comunidad. Quienquiera que haya estudiado a fondo esta epístola se convencerá de que habla el verdadero San Pablo, y reconocerá que "solamente aquellos que se arriesgan a suprimir la personalidad de San Pablo de las páginas de la historia pueden contestar la autenticidad de la epístola a los romanos" (Jülicher).

La personalidad de San Pablo

La epístola nos da informaciones importantes que se refieren a la iglesia de Roma y las relaciones precoces de San Pablo con ella. Recordemos los peligros y las relaciones tensas y las divisiones de la comunidad. Que San Pablo miraba hacia Roma durante años y que Roma iba a ser una simple escala al ir a España, lo sabemos solamente por esta epístola.

¿Llegaría a ir alguna vez a España? Una única tradición satisface este punto: "llegó hasta el extremo oeste" (Clemente Romano, vi, 7); el fragmento muratorio 38 sq. no está suficientemente claro. Las siguientes palabras: "No teniendo más espacio en estos países" (xv, 23) contienen una concepción interesante del apostolado. Pablo limitó su tarea a poner las bases del evangelio en los grandes centros, dejando a los demás el desarrollo de las comunidades. El significado de las palabras "unto Illyricum" (xv, 19) quedará por siempre incierto. Probablemente el apóstol no había aún cruzado el límite de la provincia. Quedará siempre la duda de si el comentario en la epístola a Tito 3:12, sobre una posible residencia invernal en Nicópolis (se supone que se trata de la ciudad Ilírica), está relacionada con un viaje de misión.

Esta epístola es instructiva por sus revelaciones acerca de los sentimientos del apóstol de los gentiles sobre los judíos, sus antiguos compatriotas. Algunos han intentado representarse estos sentimientos como contradictorios y complejos. Pero la verdadera concepción del apóstol revela que su lenguaje está muy claro. Por un lado, mantiene que la fe y la gracia son distintas de la Ley, y, dirigiéndose a quien citaba su linaje natural y la observancia de la ley como un supuesto derecho a la salvación, insiste sin posibilidad alguna de confusión en la gratuita divina de la gracia. Pero Pablo pone de relieve que, de acuerdo con la palabra de Dios, Israel es el primer llamado a la salvación, proclamando explícitamente la preferencia que se le mostró. Pablo reconoce de buena gana el celo del pueblo por las cosas de Dios aunque sea un celo equivocado en su dirección. Tales son sus sentimientos hacia el pueblo escogido, no es sorprendente que su corazón esté lleno de amargura ante la ceguera de los judíos que mancillan a Dios con oraciones, guiado a lo largo de su vida por la esperanza de que su sacrificio apostólico pueda ganar a la fe a sus antiguos compañeros de lucha y que pueda estar preparado, hasta donde sea posible, en su propio caso a renunciar a la felicidad de la unión con Cristo si una tal renuncia pudiera asegurar a sus hermanos un lugar en el corazón del salvador.

Estas declaraciones podrían ofrecer un obstáculo sólo para aquellos que no comprenden a San Pablo, incapaces de sondear su caridad apostólica. Estudiando de cerca el carácter del apóstol, el fervor de sus sentimientos, el calor de su amor por la persona y el trabajo de Cristo, uno reconoce hasta que punto estos sentimientos fluyen espontáneamente, hasta que punto son naturales para su naturaleza generosa.

El simple hecho de haber recogido el reconocimiento y la confianza de los gentiles en el curso de su apostolado, haría más amargo el pensamiento de que Israel rehusara reconocer a su Dios, adoptar una actitud altanera y malhumorada y, en su odio y su ceguera, hubiera incluso perseguido al Mesías en su iglesia y se hubiera opuesto al trabajo de sus apóstoles tanto como le había sido posible. Carga de amor pesada de llevar que explica la ruptura abrupta y determinada y la lucha sorda contra el espíritu de la incredulidad, cuando Pablo ve que que no puede proteger a la iglesia de Cristo de otro modo. De este modo, no tolera la insistencia de la práctica de la Ley entre los cristianos, dado que dicha insistencia es, en último análisis, el espíritu del judaísmo, incompatible con el espíritu de Cristo y de la gratuidad de la gracia, puesto que un tal juicio supliría el sello de la fe con práctica de la Ley. Mas del mismo amor apostólico surge también el verdadero espíritu práctico de consideración que Pablo predica y practica y que él pide a los demás en todas partes, mientras que el evangelio no sea puesto en peligro.

Uno puede comprender fácilmente que una persona así se acalore con un resentimiento amargo y una angustia sagrada, sin indulgencia cuando el trabajo de su vida entera se ve amenazado, y que pueda luego olvidarlo todo una vez pasada la tormenta, reconociendo en quien le ofendió un simple hermano descarriado, cuya falta proviene no de la malicia sino de la ignorancia. En un alma que ama profunda y vivamente, uno podría esperar la coexistencia de tales contrastes;todos surgen de una misma raíz, un potente impulso de caridad llena de celo, la de San Pablo, apóstol de los gentiles.[2]

Referencias

  1. 1,0 1,1 1,2 1,3 Epístola a los Romanos
  2. 2,0 2,1 2,2 2,3 Epístola a los Romanos